En los labios que se me han sellado un poco.
Proclamar la Palabra con una voz áspera, a causa de un alma que se ha resecado.
Estoy casi deambulante.
Entre dar vueltas y pasos rectos
con la esperanza de toparme frente a la puerta del Palacio.
Gatearía por los atrios hasta llegar al trono,
pero me basta con que me recibas a la puerta.
Si me tocara quedarme a la orilla del portal, con gusto que me sentaría.
Y me bastaría que tan sólo me miraras, y me dejaras llorar.
Árida como el desierto de Gaza, y casi muerta.
Ya no tengo letras que hagan poemas, pero tengo lágrimas para derrochar.
Devuélveme tu fuego, ten piedad.
Aunque no merezca ni mencionar tu nombre, tu gracia sigue siendo igual.
Y si moriste por mí cuando aún no podía creer que vivías,
cuánto más ahora que Tú mismo me has dado vida.
Te suplico una renovación, un ardor apasionado mayor que el de ayer.